Saben que el relato de Bartimeo (Marcos 10,42-56) me gusta mucho. De hecho lo he comentado aquí en varias oportunidades; pero quiero volver a compartir con ustedes un dato que me parece iluminador para este día: el ciego Bartimeo arroja su manto y da un salto y llega donde Jesús. Es un acto de renuncia y de liberación; pero a la vez de fe en Jesús, el Señor.
El manto tiene un significado muy importante en el contexto
bíblico: “Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás a la
puesta del sol. Porque eso es su única cubierta; eso es su vestido para cubrir
su cuerpo. ¿Con qué más ha de dormir? Cuando él clame a mí, yo le oiré; porque
soy misericordioso.
Este hombre, ante la invitación de Jesús, deja todo lo que
es valioso para él, sin embargo es aquello que, a la vez, le impide encontrarse
con el Señor. Revisa su vida y se da cuenta de qué es lo que obstaculiza su
encuentro con el Señor y se libera de eso. Creo que eso es lo que muchos
tenemos que hacer para que el Señor sea el dueño de nuestra vida: aprender a
renunciar y “a dejar ir”. Ese es uno de los caminos que conduce a la madurez y
al verdadero encuentro con Cristo Jesús.
Imagino a más de uno de los que me lee en este momento,
diciendo que no es posible renunciar, que eso va en contra de la dinámica de la
vida que exige siempre atesorar, codiciar; pero estoy seguro de que sólo quien
pueda ser libre frente a todas las cosas podrá abrir el corazón de tal manera
que Dios acontezca en su corazón con una acción liberadora y realizadora.
Muchas veces somos incapaces de dejar aquello que nos está dañando y que nos
impide ver la realidad desde el corazón de Dios. Y no lo dejamos por miedo,
pues creemos que sin esa realidad o sin esa persona, no vamos a poder ser
felices. Estamos tan acostumbrados a ello que no entendemos la vida sin eso. Se
necesita libertad y decisión.
Cuántos de los que me leen están sufriendo por una persona
que les dijo que la relación había terminado, o porque perdieron “algo” que
consideraban muy importante. A ellos debo decirles que es necesario tratar de
comprender por qué se dan estas experiencias y abrirse a las nuevas
posibilidades que la vida les trae. No podemos vivir esclavizados a lo que ya
no es nuestro o simplemente nos está dañando. Hay que abrir la mente y ser
capaces de mirar con esperanza la renuncia que estamos viviendo. Toda renuncia
nos da siempre nuevas experiencias y posibilidades de realizarnos. Eso fue lo
que hizo Bartimeo, no lloró por dejar el manto; sino que se abrió a la
bendición que se hacía presente en Jesús. Eso lo sanó y lo hizo vivir de una
manera nueva. Esa actitud le transformó la vida. Lo hizo pasar de ciego,
mendigo y de ver pasar la vida sin caminar; a ser alguien que ve, que es dueño
de sus decisiones y se vale por sí mismo siendo capaz de construir camino “tras
de Jesús”.
Esa es la fe, ser capaz de dejarlo todo para entregar el corazón a Dios. ¿Cuáles son las renuncias que tendrías que hacer tú? ¿Estás aceptando con inteligencia y sabiduría las pérdidas que has tenido en tu vida?
